… y un príncipe mongol


A veces, y contrariamente a lo que se esperaba, hay una extraña superficialidad en las ideas obsesivas, una especie de falta de convicción en la creencia que se detecta aquí y allá. ¿Parece contradictorio? Parece, pero quizás en el fondo no lo sea. Tomemos el ejemplo de dos ideas obsesivas muy comunes hoy en día: el planeta está siendo destruido por un calentamiento global motivado por razones exclusivamente antropogénicas; y el fascismo empieza a mostrar su fea cara un poco por todas partes, tomando formas que cada vez más recuerdan los años treinta del siglo pasado. Debe ser difícil encontrar ideas que puedan competir con éstas en materia de unanimidad mediática y que se presenten en tan alto grado como verdades indiscutibles.


No voy aquí obviamente a desmentir estas creencias, que hasta pueden ser ambas verdaderas. Me limito a constatar que ellas son obsesivas: no salen de la cabeza de mucha gente y ofrecen, cada una a su manera, un cuadro general para cada uno decir lo que dice. Sobre todo, permiten hablar con entusiasmo, un entusiasmo que no aparenta por un solo momento dudar de su propia justicia y que juzga ver en ellas la explicación exhaustiva y coherentísima de todos los males del mundo, presentes y venir. Una figura, por lo demás, reúne en sí el objeto de detestación de las dos creencias: Donald Trump, por supuesto. Y sólo Dios sabe cómo una imagen da forma para reforzar las creencias. Pone carne sobre los huesos, les da vida, las hace presentes de cualquier duda que pueda surgir, las hace aparentemente evidentes. Bajo este punto de vista, al menos, hay que admitir que Trump fue un generoso don para el mundo. Lean un periódico, vean una televisión, escuchen radio, y digan si no es así.

Y sin embargo … Lo que sorprende con estas ideas obsesivas admirablemente coherentes y de una constancia irreprochable son sus momentos de fragilidad. No es que el entusiasmo alguna vez soezco, que la intensidad de la creencia pierda ímpetu. Eso no. Son antes pequeños detalles que indican la superficialidad de la creencia, es decir, que, a pesar de su formidable energía, no estamos en la presencia de una verdadera convicción, fundada en el conocimiento de las razones que nos hacen creer. Pensemos en el ejemplo del fascismo. ¿Recuerdan el último fascista universal? Bolsonaro. Era fascista aún más, con todo lo que era preciso y algo más. Semanas y semanas, venía ahí el fin del mundo, o, mejor, venía ahí el inicio de un mundo horrible en el que todos tendríamos que vivir. Las portadas de periódicos y periodistas televisivos no tenían un átomo de duda en el capítulo. ¿Y qué sucedió de repente? Con la posible excepción de Alexandra Lucas Coelho, un espeso manto de silencio cayó sobre Bolsonaro. Se diría que ya no existe. El espesor de la creencia en el advenimiento universal del fascismo no se volatilizó, por supuesto, pero su figura recientemente más emblemática parece haberse disuelto en el olvido. ¿Cómo no detectar aquí una fragilidad, producto natural de la superficialidad? Si Bolsonaro era enfáticamente el fascismo, ¿no merecía nuestra atención vigilante y continuada? Aparentemente, sí. Pero, en la práctica, no. Otras figuras se arreglarán. Bolsonaro ya cumplió su papel.


¿Y qué decir del último episodio sobre el cambio climático? El presidente Macron, supremo paladín de las más estrictas medidas contra las causas humanas del calentamiento global, decidió, en toda coherencia, aumentar el impuesto sobre los combustibles, con la misma energía (y menos prudencia) con que Marcelo, más modesto, eucalipto. Luego un extenso movimiento popular, con inmenso apoyo entre los franceses, puso París y otras ciudades a hierro y fuego. Los franceses, es verdad, mantienen una vieja tradición de gusto por la confrontación física en las manifestaciones, que sería injusto reducir a los llamados jóvenes de las cités, los "territorios perdidos de la República". ¿Qué hizo entonces Macron, siguiendo una vieja tradición francesa? Suspendió, por supuesto, el aumento de impuestos. Estos impuestos, recuerdo, que eran imprescindibles para combatir el cambio climático (que, de paso, buena parte de los franceses que se manifestaron o apoyaron los chalecos amarillos, deben declarar el principal flagelo de nuestros tiempos). Una vez más, no es que la idea obsesiva haya perdido su ímpetu. Sólo que encontró motivos razonables para una excepción. ¿Cómo no ver, en la apertura de esta excepción, el signo de una fragilidad de la creencia? Si fuese en dictadura, las creencias obviamente serían más estables. No es de extrañar, por eso, que surjan por ahí muchas voces, que no se limitan a las de los malos de la costumbre, a decretar que, en democracia, el combate al calentamiento global nunca tendrá éxito. Y que el ejemplo a seguir es el de China, el tal país que tiene (no es de hoy, verdad sea dicho) un pequeño problema con los derechos humanos. ¡Viva la dictadura esclarecida!

Por casualidad, ando leyendo un libro que se hizo célebre, en parte a causa de un ensayo de Freud: las "Memorias de un enfermo de los nervios", que el juez alemán Daniel Paul Schreber publicó en 1903. Es la cosa más parecida con el "Diario de un loco" de Gogol – en versión hard, naturalmente. Schreber estuvo tres veces internado en un hospital psiquiátrico. Murió allí en la última, en 1911. Las "Memorias" relatan su vida mental durante la segunda estancia y son, en ese género muy singular, una obra maestra. Para resumir mucho, Schreber estaba convencido de que Dios, con el que mantenía relaciones ambivalentes, lo había escogido para dar origen a una nueva humanidad, ya que la actual se encontraba destinada a desaparecer en breve (Schreber se refiere a este propósito, teoría de las catástrofes periódicas de Cuvier). Tal proceso implicaba, sin embargo, su emasculación, a la que se seguiría su fecundación por los rayos divinos. Acompañando la tesis principal hay un sin número de consideraciones que la complementan, y todas ellas presentan una extraordinaria coherencia.

Como para cualquier paranoico, transportado por una idea obsesiva, todo tiene obligatoriamente tener sentido. Y, para Schreber, todo tiene sentido. Al punto de permitir "dudas científicas", luego refutadas, sobre la naturaleza de sus experiencias de contacto con Dios y con otros habitantes del mundo de los espíritus. Y la búsqueda de la coherencia, repito, es ejemplar. Sólo uno entre mil ejemplos. A cierta altura, refiriéndose a la transmigración de las almas, enumera algunas de sus encarnaciones futuras: una mujer hiperbórea, un novicio jesuíta en Ossegg, un burgomaestre de Klattau, una chica alsaciana que tiene que defender su honor contra un oficial francés victorioso y victorioso , finalmente, un príncipe mongol. Con pena, no entro en los detalles, pero cada una de estas encarnaciones futuras presenta, a los ojos de Schreber, una coherencia perfecta con todos los detalles de su cosmología. La coherencia en el delirio, nunca es demasiado repetido, es avasalladora. No hay, precisamente, fragilidades.

Si cito al infeliz juez Schreber, no es para aconsejar su coherencia sin fallas, la ausencia de fragilidad teórica de su sistema delirante, a los obsesivos actuales. Ni siquiera para sugerir una hipotética semejanza entre el Profesor Fleshsig, el director del hospicio en el que se encontraba internado y que, a sus ojos, conjuraba su pérdida, y Donald Trump. Al contrário. Estas fragilidades me parecen eminentemente loables. Son fallas que, aunque no se reconocen como tales, y bajo el caparazón de una creencia inmune a cualquier objeción, revelan dudas. ¿Y quién puede quejarse de eso? La superficialidad es un defecto, pero un defecto que puede tener algunas consecuencias loables.


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Nacho Vega
Nacho Vega. Nací en Cuba pero resido en España desde muy pequeñito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interesé por el periodismo y la información digital, campos a los que me he dedicado íntegramente durante los últimos 7 años. Encargado de información política y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebookhttps://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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