Venezuela a hierro y fuego





Imaginen un país que entró en completo desgobierno hace cerca de cuatro años. Y con desgobierno se quiere decir hiperinflación galopante (debe llegar al 14 mil por ciento al final del año), filas interminables en los supermercados para encontrar estantes vacíos de bienes esenciales, los cajones de las farmacias sin nada dentro y faltas diarias de agua, luz y gas. El desempleo ya habrá superado el 30 por ciento y el salario mínimo no llega al dólar y medio. En un intento desesperado de controlar la situación, y por no valer la pena devaluar la moneda, se cortaron cinco ceros al bolívar venezolano.





Es este el escenario dantesco por el que pasan los venezolanos todos los días. Esto ya no hablar de una sociedad profundamente polarizada y revuelta. Las protestas en las calles son constantes. Las crisis se han sucedido. El año pasado el PSUV tuvo el resultado de más del 41 por ciento en la elección para la Asamblea Constituyente, correspondientes a unos ocho millones de votos, es decir, la mayoría que necesitaba para cambiar una vez más la Constitución (poco después de un plebiscito simbólico organizado por la oposición, en el que siete millones de venezolanos votaron, también simbólicamente, por la destitución de Maduro). Pocos estados reconocieron esta elección como libre, pero la Maduro tanto se le dio. Así, en pocas décadas, Caracas pasó oficialmente de la democracia, al chavismo populista-paternalista, a un país autoritario, en estado de sitio.

Pero todo se podrá precipitar cuando un drone se disparó hace unos días, durante una parada militar, tratando de golpear al presidente de la república bolivariana. Este golpe (o lo que ha ocurrido) da a Nicolás Maduro lo que faltaba para tomar a Venezuela en sus manos. Ya se han acusado a varios jefes de estado extranjeros por conspiración, arrestos de supuestos atacantes y cómplices y muchas amenazas de que, a partir de ahora, el poder se concentrará en la figura del presidente.

Nada es tan simple. En primer lugar, la legitimidad del gobierno deja mucho que desear, por las razones descritas anteriormente, y porque quien seguramente es Maduro es su clientela oligárquica y (aparentemente) una parte aún significativa del aparato militar, además del apoyo de parte de la población, bombardeada con propaganda. Así, el presidente venezolano acaba por estar, hasta cierto punto, en manos de las fuerzas armadas, lo que no siempre acaba de la forma que se espera. Ya hemos visto en las Primaveras Árabes – Egipto es un caso ejemplar – que un cambio abrupto de apoyo es un escenario plausible.

En segundo lugar, tampoco es de excluir que se sigan otros golpes de estado. Hasta cierto punto, la oposición estaba dispuesta a hacer una transición tranquila, que mantuviera al menos parte de oligarquía en el poder hasta que las instituciones se convirtiera en un formato semejante a la socialdemocracia. Ya hace algún tiempo que esta disposición moderada ha desaparecido y ahora no se exige nada menos que un cambio de régimen. La oposición de hoy está tan radicalizada como el propio régimen.

En tercer lugar, aunque ninguno de estos escenarios, no parece posible escaparse a una represión cada vez mayor. Con consecuencias en la degradación de las ya tan frágiles condiciones de supervivencia de los venezolanos.

Lo que nos lleva a un último punto: Maduro tenderá a intentar imponer su voluntad, ahora que se siente verdaderamente amenazado. De la misma forma, la oposición sentirá que no tiene nada que perder. Lo que puede, efectivamente, degenerar en una guerra civil. Especialmente porque Venezuela tiene pocos amigos internacionales y los únicos actores que podían tener verdaderamente influencia, Brasil y Argentina, están ellos mismos presos a sus crisis internas y hay algún tiempo tratando de mantenerse lo más lejos posible de esta situación.





El destino de Venezuela es muy incierto, pero es difícil imaginar un desenlace positivo. Ya que poco se puede hacer, que sirva de ejemplo a las múltiples sociedades divididas-algunas aquí muy cerca- con respecto a lo que puede suceder cuando se elige un líder populista radical que prometió mundos y fondos a una población insatisfecta (hablo obviamente de Hugo Chávez y luego heredada por quien no aprecia la democracia y siguió atabaladamente con dicha revolución bolivariana, ya herida por el descenso acentuado del precio de crudo. Dio en lo que se ve. Que Venezuela, a pesar de las debidas diferencias de contexto, sirva para que no se restrinjan riesgos que nos pueden estar golpeando a la puerta.

Nacho Vega

Nacho Vega. Nací en Cuba pero resido en España desde muy pequeñito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interesé por el periodismo y la información digital, campos a los que me he dedicado íntegramente durante los últimos 7 años. Encargado de información política y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebook: https://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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