Regreso a Brasil





Dentro de las 24 horas tomará posesión el nuevo presidente de Brasil. Entre la segunda vuelta de la votación realizada hace dos meses y el día de mañana tuve la oportunidad de volver a Brasil y de observar in loco el entorno reinante. Entre las esperanzas de los vencedores y la inquietud de los vencidos, lo que observé fue una gran calma -que parece aparente- ante el aguardado cambio radical de políticas, incluyendo ese riesgo de regresión democrática a los tiempos de la dictadura militar que muchos temen y no sin motivos.





Sin perjuicio de lo que dirá el nuevo presidente y admitiendo que lo aconsejará a nada decir de sustancial, callando las afirmaciones inadmisibles e incluso criminales que hizo durante la campaña, que le han traído lamentablemente demasiados votos oriundos de la violencia larva que pende desde siempre sobre el, Brasil, hay que recordar que el país se hundió en crisis profunda hace más de 5 años. Esta violencia verbal y no sólo que irrumpió en las elecciones presidenciales se había instalado ya en la vida político-partidaria desde las manifestaciones de 2013, sin respuesta gubernamental en 2013, llevando al «golpe constitucional» del «impedimento» de la presidenta Dilma, agravado por la inanidad presidencia Temer en los últimos dos años y medio.

Sin esa crisis y sin la condena de Lula a la prisión efectiva, a pesar de la debilidad de las pruebas presentadas ante los tribunales, no es seguro que el PT hubiera perdido la presidencia ni quizá Bolsonaro si hubiera presentado a las urnas. Nunca lo sabremos y si Temer o cualquier otro profesional de la baja política brasileña imaginaban ser elegidos por el vacío de candidaturas, se engañaron redondamente. El ciclo político cambió, como ya no podía dejar de cambiar, ni que fuese por la fuerza de las manipulaciones jurídicas. Fue lo que pasó.

Es altamente improbable que Bolsonaro consiga gobernar de forma mínimamente consecuente con los eternos problemas del sistema político-partidista brasileño y, al mismo tiempo, con la profunda crisis socioeconómica del país, la cual no encontrará, en principio, facilidades del lado de las tendencias internacionales que vienen en camino. Faltan al nuevo presidente no sólo capacidades personales, así como de la abrumadora mayoría de los ministros de que se rodeó, como le faltan, sobre todo, votos que no se venden por poco en el Senado y en la Cámara de Diputados.

En mi opinión, la idea que tenía de presidir un nuevo régimen militar capaz de imponer sus políticas de confrontación, si es necesario violentamente, contra todo lo que se parezca mínimamente con socialdemocracia, desde las policías a la educación, al mismo tiempo que haría a los grandes inversores y empresarios los favores que éstos esperan de él como ya los obtuvieron del PT en el pasado, tal idea no me parece viable, desde luego debido a las actitudes mostradas hasta aquí por las fuerzas armadas. Es probable que éstas aprecien el cambio de política exterior del país pero no al punto de embarcarse en una nueva aventura dictatorial. Es, pues, de augurar que ninguna autoridad militar dé guarida a las consecuencias gravísimas que las declaraciones del nuevo presidente corren el riesgo de llegar a sus electores, llevándolos a atentar contra la libertad e incluso contra la vida de los adversarios políticos.

Por otro lado, según los comentaristas habituales, que conocen de ginecera la baja política partidista del Congreso, donde reina decena y media de partidos numéricamente relevantes para conferir la mayoría a cualquier buena o mala medida importante para el gobierno, el nuevo presidente no tendrá menos, dificultades de lo que el PT tuvo y que lo llevaron a la corrupción; ¡tendrá más! Los partidos pueden ser corruptos y son, pero no quieren desaparecer bajo una dictadura. En suma, Bolsonaro – si es que tiene una idea con principio, medio y fin – será incapaz de gobernar incluso con la ayuda de uno u otro ministro aparentemente competente en su área ideológica, por no hablar de innumerables partidos que no esperan otra cosa si no chantajear al gobierno.

Desde luego, no hay ni habrá pronto una reforma radical del sistema partidista y de su financiación que reduzca significativamente la actual fragmentación partidista y el consiguiente chantaje de los partidos. Sólo eso permitiría la elaboración y aplicación de medidas consideradas urgentes, como la reforma de la previsión, por no hablar del sistema fiscal y del «estado social», como exigirían no sólo la reducción de las desigualdades socioeconómicas de Brasil, sino también la reforma del corporativismo laboral y el aumento de la productividad, para relanzar la sociedad brasileña hacia el desarrollo y la pacificación partidista. Por el contrario, todo lleva a creer que la crisis económica que Bolsonaro cabalgó y la violencia política que promovió hasta el aliento moral al crimen no conocerán pausa. Con o, como pienso, sin el riesgo de dictadura, el futuro inmediato de Brasil será todo auspicioso para la abrumadora mayoría de la población.





Nacho Vega

Nacho Vega. Nací en Cuba pero resido en España desde muy pequeñito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interesé por el periodismo y la información digital, campos a los que me he dedicado íntegramente durante los últimos 7 años. Encargado de información política y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebook: https://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *