Perú: entre polarización y fragmentación política





¿Qué es más difícil: gobernar con un programa que se identifica como marxista en un mundo globalizado o llegar a un mínimo consenso de gobernabilidad en unas elecciones en las que dos programas antagónicos dividen al electorado por igual?





Estas son las cuestiones fundamentales que hoy se debaten en el Perú. Pero si bien este es un caso extremo, algunos de estos problemas están presentes en otras partes de la región.

Es cierto que el programa marxista de Pedro Castillo es muy relativo, sobre todo por motivos culturales. Mariátegui –periodista, político y fundador del Partido Socialista Peruano– hace casi un siglo ya se había volado los sesos y escrito cientos de páginas para intentar interpretar las condiciones de una sociedad socialista al estilo marxista, pensada en la racionalidad modernista occidental, en el corazón de los paseos peruanos.

Actualmente, los estándares de sociabilidad y la constitución de la comunidad en estas tierras están muy alejados de este ideal socialista.

Y de hecho, temas como el género, la sexualidad, el multiculturalismo, los derechos del niño, la justicia y otros, tan de moda en la cultura global, se entrecruzan fuertemente con las tradiciones de las tierras altas.

Un programa marxista

Ciertamente se puede entender que, en la realidad del mundo global, un programa marxista en el Perú –un centro financiero muy importante en la región– se extendería, como mucho, a los intentos de nacionalizar determinadas actividades económicas y de servicios, así como regulación de áreas económicas globalizadas.

También puede implicar una mayor intervención del Estado en la prestación de servicios sociales y políticas más incisivas en un mercado laboral con características estructuralmente informales y baja productividad.





También incluiría políticas públicas muy activas para el desarrollo de las regiones andinas del centro y sur del país, históricamente desatendidas.

Este programa, sin embargo, generaría grandes dudas sobre el manejo de la macroeconomía en temas como el déficit, el gasto público excesivo, la inflación o el servicio de la deuda, entre otros. Todos los aspectos donde las reglas actuales de la economía global no perdonan.

El Perú está dividido entre dos opciones electorales absolutamente antagónicas. No solo en términos de gestión económica, sino también en la mirada del territorio, en los marcos culturales sobre los que se desarrollan las políticas públicas, en los imaginarios sobre lo socialmente injusto o en la representación social.

gobernancia

En este contexto, el dilema político inmediato que acosará al nuevo gobierno peruano es la gobernabilidad.

Es decir, la capacidad del gobierno para llevar a cabo las líneas fundamentales del programa político con el que ganó las elecciones, a través de un amplio consenso y diluyendo los conflictos que surgen por parte de los intereses afectados por este nuevo programa.

Sin embargo, el panorama político que se abre en el Perú a raíz de estas elecciones particulares no es ajeno a otras realidades, y las fracturas sociales se expresan cada vez más en opciones políticas y elecciones en los diferentes países de la región.

Las recientes elecciones en Ecuador se establecieron claramente entre una opción cercana al statu quo de la economía global – el neoliberalismo – y el regreso del correísmo a la política del país.

En Argentina, por el contrario, la opción menos «mercantilista» derrotó a la opción más «mercantilista» del macrismo.

En Brasil, las próximas elecciones probablemente se limitarán a un enfrentamiento entre Bolsonaro y Lula y dos visiones opuestas sobre la economía, el equilibrio social y el orden político.

Colombia se ha visto envuelta en protestas contra el gobierno neoliberal de Duque y el “uribismo” durante más de un mes, lo que acentúa las perspectivas electorales de Petro en la izquierda.

Y Venezuela y Nicaragua enfrentan un callejón sin salida mientras sostienen gobiernos alternativos al mundo global, inmersos en crisis económicas y sociales que no se sostendrían sin la represión estatal.

Esta polarización no es solo de partidos políticos. Es una polarización antagónica que divide a los electorados, es decir, sociedades en dos lados opuestos, entre “amigos y enemigos”.

Dos formas básicas de concebir el orden económico social, y con él el orden político deseable, parecen oponerse. No solo se disputan ideologías y programas políticos, sino también las relaciones de poder en las calles.

Por ello, las fuerzas represivas y la violencia callejera vuelven a aparecer en los espacios públicos de algunos países como expresión del conflicto social.

Evidentemente, el descontento con las injusticias distributivas y las condiciones de vida, exacerbado por la pandemia, agravó el escenario político latinoamericano. Y no hay retorno a la calma y la cordura en el horizonte cercano.

Por ello, las fuerzas represivas y la violencia callejera reaparecen en los espacios públicos de algunos países como expresión del conflicto social.

Evidentemente, el descontento con las injusticias distributivas y las condiciones de vida, agravado por la pandemia, agravó el escenario político latinoamericano.

Y un retorno a la calma y la cordura no aparece en el horizonte cercano.

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Nacho Vega

Nacho Vega. Nací en Cuba pero resido en España desde muy pequeñito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interesé por el periodismo y la información digital, campos a los que me he dedicado íntegramente durante los últimos 7 años. Encargado de información política y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebook: https://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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