Lea extractos de las nuevas memorias de Barack Obama





Lea extractos del libro ¬ęUna tierra prometida¬Ľ del ex presidente de los Estados Unidos, Barack Obama.





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En t√©rminos econ√≥micos, los cinco pa√≠ses que integraban los BRICS ‚ÄĒBrasil, Rusia, India, China y Sud√°frica‚ÄĒ ten√≠an poco en com√ļn y s√≥lo m√°s tarde se convirtieron formalmente en bloque. (Sud√°frica solo se unir√≠a formalmente en 2010.) Pero, incluso en el G20 de Londres, el esp√≠ritu detr√°s de esta asociaci√≥n fue claro. Todos eran pa√≠ses grandes y conscientes de su importancia, que, de una forma u otra, hab√≠an salido de largos per√≠odos de letargo. Ya no se contentaban con ser relegados a los m√°rgenes de la historia o con ver su estatus reducido al de potencias regionales. Les irritaba el papel desproporcionado de Occidente en la gesti√≥n de la econom√≠a global. Y, en la crisis, vieron la oportunidad de empezar a cambiar las tornas.

En teoría, al menos, simpatizaba con su punto de vista. Juntos, los BRICS representaron poco más del 40% de la población del planeta, pero aproximadamente una cuarta parte del PIB mundial y solo una fracción de su riqueza. Las decisiones tomadas en los consejos de administración de las empresas en Nueva York, Londres o París solían tener más impacto en sus economías que las decisiones políticas tomadas por sus propios gobiernos. Su influencia dentro del Banco Mundial y el FMI siguió siendo limitada, a pesar de las notables transformaciones ocurridas en China, India y Brasil. Si Estados Unidos quería preservar el sistema global que nos había servido durante tanto tiempo, tenía sentido dar a estas potencias emergentes más voz en el modus operandi, al tiempo que enfatizaba que necesitaban asumir una mayor responsabilidad por los costos de mantenerlas.

Y a pesar de eso, mirando alrededor de la mesa en el segundo d√≠a de la cumbre, no pude evitar preguntarme qu√© podr√≠a significar un papel m√°s importante para los BRICS en la gobernanza global. El presidente brasile√Īo, por ejemplo, Luiz In√°cio Lula da Silva, hab√≠a visitado la Oficina Oval en marzo, causando una buena impresi√≥n. Un exl√≠der sindical cautivador y canoso, con un per√≠odo en la c√°rcel por protestar contra el gobierno militar, y elegido en 2002, hab√≠a iniciado una serie de reformas pragm√°ticas que hicieron disparar las tasas de crecimiento de Brasil, expandiendo su clase media y asegurando educaci√≥n para millones de ciudadanos m√°s pobres. Tambi√©n se dijo que ten√≠a los escr√ļpulos de un jefe de Tammany Hall, y circulaban rumores de patrocinio del gobierno, negocios clandestinos y sobornos por miles de millones.

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Durante los dos d√≠as siguientes, incluso cuando los buques de guerra de los Estados Unidos y el Reino Unido comenzaron a lanzar misiles Tomahawk para destruir las defensas a√©reas libias, seguimos mi programa al pie de la letra. Me reun√≠ con un grupo de directores ejecutivos estadounidenses y brasile√Īos para examinar posibles formas de mejorar nuestras relaciones comerciales, asist√≠ a un c√≥ctel con altos funcionarios del gobierno y tom√© fotograf√≠as con el personal de la embajada y sus familias. En R√≠o de Janeiro, convers√© con 2.000 l√≠deres pol√≠ticos, de la sociedad civil y empresariales sobre los desaf√≠os y oportunidades que comparten nuestros pa√≠ses como las dos democracias m√°s grandes del hemisferio. Pero todo el tiempo recib√≠ noticias de Tom sobre Libia, pregunt√°ndome qu√© estaba pasando a m√°s de 8.000 kil√≥metros de distancia: el silbido de misiles cortando el aire; explosiones en cascada, escombros y humo; los rostros de los fieles seguidores de Gaddafi mientras miran al cielo y calculan sus posibilidades de supervivencia.





Mi atenci√≥n estaba dividida, pero tambi√©n entend√≠ que la presencia en Brasil era importante, especialmente para los brasile√Īos afrodescendientes, que representaban poco m√°s de la mitad de la poblaci√≥n del pa√≠s y, como los negros en Estados Unidos, sufr√≠an el mismo tipo de violencia. pobreza y racismo profundamente arraigado, aunque a menudo se niega. Michelle, las ni√Īas y yo visitamos un gran barrio pobre en la zona oeste de R√≠o, donde nos detuvimos en un centro comunitario para j√≥venes para ver actuar a un grupo de capoeira y pate√© una pelota de f√ļtbol con algunos ni√Īos locales. Cuando nos marchamos, cientos de personas estaban empuj√°ndose fuera del centro, y aunque mi equipo del Servicio Secreto hab√≠a vetado un paseo por el vecindario, los convenc√≠ de que me dejaran pasar la puerta y saludar a la multitud. De pie en medio de una calle estrecha, salud√© a rostros negros, morenos y bronceados; residentes, muchos de ellos ni√Īos, acurrucados en techos y balcones peque√Īos o presionados contra barricadas policiales. Valerie, que viajaba con nosotros y presenci√≥ toda la escena, sonri√≥ cuando entr√© y dijo: ¬ęApuesto a que cambiamos la vida de algunos de estos ni√Īos para siempre¬Ľ.

Me pregunt√© si eso era cierto. Eso fue lo que me dije a m√≠ mismo cuando comenc√© mi viaje pol√≠tico, y lo us√© como parte de la justificaci√≥n que le di a Michelle para postularse a la presidencia: que la elecci√≥n y el liderazgo de un presidente negro cambiar√≠an la autoimagen y la cosmovisi√≥n de ni√Īos y j√≥venes en todas partes. Y sin embargo, sab√≠a que el eventual impacto que mi r√°pida presencia podr√≠a tener en esos ni√Īos de las favelas, por mucho que pudiera hacer que algunos levantaran un poco m√°s la cabeza y tuvieran sue√Īos m√°s atrevidos, no compensar√≠a la pobreza asfixiante. se enfrentaban todos los d√≠as: las malas escuelas, el aire contaminado, el agua contaminada y el desorden absoluto que muchos de ellos tuvieron que enfrentar para sobrevivir. Para m√≠, el impacto que hab√≠a tenido hasta ahora en las vidas de los ni√Īos pobres y sus familias hab√≠a sido insignificante, incluso en mi propio pa√≠s. Todo mi tiempo lo hab√≠a absorbido tratando de prevenir un empeoramiento de la condici√≥n de los pobres, tanto en los Estados Unidos como en el extranjero, asegur√°ndome de que una recesi√≥n global no sacudiera dr√°sticamente su condici√≥n o eliminara el acceso precario al mercado laboral que ten√≠an. adquirido; tratar de prevenir el cambio clim√°tico que podr√≠a provocar inundaciones o tormentas mortales; o, en el caso de Libia, intentar evitar que un ej√©rcito dirigido por un loco ametralle a la gente en las calles. Eso era algo, pens√©, siempre y cuando no empezara a enga√Īarme pensando que era algo m√°s que una fracci√≥n de lo necesario.

En el corto viaje de regreso al hotel en Marine One, el helic√≥ptero sobrevol√≥ la magn√≠fica cordillera boscosa que rodea la costa. La ic√≥nica estatua del Cristo Redentor, de treinta metros de altura, apareci√≥ de repente en la cima del pico en forma de cono llamado Corcovado. Hab√≠amos planeado visitar el lugar esa noche. Inclin√°ndome m√°s cerca de Sasha y Malia, se√Īal√© el monumento, una figura distante, vestida con un manto y con los brazos abiertos, blanca contra el cielo azul.

¬ęMira … aqu√≠ es donde vamos esta noche.¬Ľ

Las dos chicas escucharon m√ļsica en sus iPods mientras hojeaban algunas de las revistas de Michelle, sus ojos examinaban im√°genes brillantes de celebridades con caras brillantes que no reconoc√≠. Despu√©s de agitar mis manos para llamar su atenci√≥n, ambos se quitaron los aud√≠fonos, voltearon la cabeza hacia la ventana al mismo tiempo y lo sacudieron sin decir una palabra, deteni√©ndose brevemente como si quisieran complacerme antes de pon√©rselos. retroceda los auriculares. Michelle, que parec√≠a estar dormitando mientras escuchaba m√ļsica en su propio iPod, no hizo ning√ļn comentario.

M√°s tarde, cuando cenamos en el restaurante al aire libre de nuestro hotel, nos dijeron que una densa niebla hab√≠a descendido sobre Corcovado y que quiz√°s tendr√≠amos que cancelar nuestro viaje al Cristo Redentor. Malia y Sasha no parec√≠an estar demasiado decepcionadas. Los observ√© a ambos mientras le ped√≠an al camarero el men√ļ de postres, un poco molestos por la falta de entusiasmo. Dedicando una mayor parte de mi tiempo a monitorear los eventos en Libia, ve√≠a a la familia a√ļn menos en este viaje que cuando est√°bamos en casa, y esto aument√≥ mi sensaci√≥n, ya bastante recientemente en los √ļltimos tiempos, de que mis hijas estaban creciendo m√°s. m√°s r√°pido de lo que esperaba. Malia estaba a punto de convertirse en una adolescente: sus dientes brillaban con los tirantes, su cabello recogido descuidadamente en una cola de caballo, su cuerpo que de la noche a la ma√Īana se hab√≠a vuelto tan largo y delgado como el de su madre, como si hubiera pasado. una rueda de tortura invisible. A los nueve a√Īos, Sasha al menos todav√≠a parec√≠a una ni√Īa, con su dulce sonrisa y sus mejillas con hoyuelos, pero hab√≠a notado un cambio de postura hacia m√≠. Estaba menos inclinado a permitirme hacerle cosquillas que antes, pareciendo impaciente y un poco avergonzado cuando trat√© de tomar su mano en p√ļblico.

Segu√≠ maravill√°ndome de la estabilidad de ambos, de c√≥mo se hab√≠an adaptado tan bien a las extra√Īas y extraordinarias circunstancias en las que crecieron, haciendo la transici√≥n entre audiencias con el Papa y visitas al centro comercial sin esfuerzo. En general, no les gustaba recibir un trato especial o una atenci√≥n excesiva, simplemente quer√≠an ser como las dem√°s chicas del colegio. (Cuando, el primer d√≠a de cuarto a√Īo, una compa√Īera de clase intent√≥ tomar una foto de Sasha, le arrebat√≥ la c√°mara de las manos y le advirti√≥ que era mejor no volver a intentarlo). De hecho, prefirieron quedarse en casa de sus amigos. porque all√≠ eran menos cautelosos en relaci√≥n a las golosinas que com√≠an y el tiempo que miraban la televisi√≥n, pero sobre todo porque era m√°s f√°cil fingir que ten√≠an una vida normal, incluso con un equipo del Servicio Secreto apostado al otro lado de la calle. Y no hubo problema con eso, excepto que sus vidas nunca fueron menos normales que cuando estaban en mi compa√Ī√≠a. Era imposible para m√≠ evitar el miedo de estar perdiendo el precioso tiempo de vivir con ellos antes de que salieran volando del nido …

¬ęEst√° bien¬Ľ, dijo Marvin, acerc√°ndose a nuestra mesa. ¬ęLa niebla se ha disipado¬Ľ.

Los cuatro nos acomodamos en la parte trasera del vehículo y poco después trepamos por un camino sinuoso y oscuro bordeado de árboles, hasta que nuestro tren se detuvo repentinamente frente a una plaza grande y bien iluminada. Una figura enorme y brillante pareció saludarnos a través de la niebla. Mientras subíamos una serie de escalones, con el cuello estirado hacia atrás en un intento por disfrutar de la vista, sentí la mano de Sasha agarrar mi brazo. Malia puso su brazo alrededor de mi cintura.

¬ę¬ŅTenemos que rezar o algo?¬Ľ, Pregunt√≥ Sasha.

‚Äú¬ŅPor qu√© no?‚ÄĚ, Respond√≠. Luego nos reunimos, con las cabezas inclinadas en silencio, y supe que al menos una de mis oraciones de esa noche hab√≠a sido respondida.

Nacho Vega

Nacho Vega. Nac√≠ en Cuba pero resido en Espa√Īa desde muy peque√Īito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interes√© por el periodismo y la informaci√≥n digital, campos a los que me he dedicado √≠ntegramente durante los √ļltimos 7 a√Īos. Encargado de informaci√≥n pol√≠tica y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebook:¬†https://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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