La serie de ataques terroristas apacienta la provincia codiciada en Mozambique





Hasta hace poco, Mocimboa da Praia era sólo una aldea desconocida de Cabo Delgado, una provincia remota del noreste de Mozambique.





El escenario cambió en octubre de 2017, cuando 30 insurgentes que se declararon miembros del movimiento islamista Ansar Al Sunnah atacaron comisarías del distrito y ordenaron a los residentes que evitaban los servicios públicos.

Desde entonces, una rutina de saqueos, secuestros, ejecuciones y decapitaciones pasaron a impregnar el cotidiano del distrito. Se cuentan más de 250 muertos y miles de desplazados.

El día 5 de este mes, tres personas fueron inmoladas en el distrito de Macomia, también en el Cabo Delgado. La insurrección dejó de ser una querella regional para ensombrecer el futuro político y económico del país.

Contribuye a la agudización del conflicto los pasos de los ciclones Idai y Kenneth, que dejaron más de mil muertos y provocaron un brote de cólera, además de la tensión en torno a las elecciones locales, programadas para ocurrir en octubre.

Situada en la porosa y brava frontera con Tanzania y bañada por el océano Índico, el Cabo Delgado posee su propio microclima social. El origen étnico sitio principal, el makonde, se resistió a repetirse y las invasiones africanas, árabes y portugueses multiformes.

Fue a partir de la provincia que la Frelimo organizó el levantamiento contra el régimen colonial y asumió el poder en el país tras el proceso de independencia -para nunca más soltar. De ella salieron muchos políticos mozambiqueños importantes, incluso el actual presidente, Filipe Nyusi.





El papel central de sus liderazgos contrasta con el aislamiento de la población de Cabo Delgado. Más preocupado en atender las expectativas de modernidad de la capital, la metrópolis Maputo, el gobierno pasó la mayor parte del período postcolonial de espaldas hacia el norte.

Pero Mozambique se volvió de cabeza en 2010, cuando la geopolítica de los recursos naturales colocó a Cabo Delgado en medio de una disputa internacional. El descubrimiento de inmensas reservas de gas natural licuado (GNL) trajo la promesa, o quizás la ilusión, de un milagro económico.

Según el plan trazado por inversores, el GNL podría apalancar un crecimiento del 11% en el PIB del país a partir de 2023, doblando el índice actual.

No es la primera vez que la industria extractiva promete transformar a Mozambique en un prodigio africano. Las empresas brasileñas Vale y Odebrecht ya habían presentado la explotación del carbón de la provincia de Tete, en el oeste del país, como el punto de partida para un proyecto de integración nacional.

El resultado fue, digamos, típicamente brasileño. Vale declaró pérdidas de 2.400 millones de dólares en 2016 y luego vendió parte de sus activos a la compañía japonesa Mitsui.

Odebrecht acabó implicada en una acusación de soborno para Manuel Chang, ex ministro de Hacienda de Mozambique. La población de Tete, que llegó a rebelarse con las expectativas frustradas creadas por la Vale, poco se benefició de la promesa brasileña.

Todo sería diferente en Cabo Delgado. El Fondo Monetario Internacional, las multinacionales del sector y el gobierno mozambiqueño repetían como un mantra que la explotación sostenible de las reservas de GNL sería una segunda declaración de independencia del país. Faltó combinar con los dueños de la tierra.

En febrero de este año, cuando los ataques completaron casi 18 meses ininterrumpidamente, los insurgentes alcanzaron al equipo de una de las principales empresas involucradas en la explotación de GNL, la norteamericana Anadarko, matando a un trabajador vinculado a la compañía. La famosa maldición de los recursos naturales parece haber comenzado antes incluso de que el gas salga de la tierra.

Hay varias teorías sobre los orígenes de la insurrección, que van desde la intervención de los gobiernos vecinos de Tanzania y Uganda, interesados ​​en debilitar a un rival regional en el mercado de recursos naturales, a la participación de antiguos miembros de la guerrilla de Renamo, el movimiento de oposición a Frelimo que regresó a las armas en 2013.

Pero la teoría dominante es, sin duda, que Cabo Delgado se ha convertido en un nuevo frente del terrorismo islámico, muy activo en el cuerno de África.

Con población mayoritariamente musulmana y tradicionalmente hostil al Estado, y confrontada por las transformaciones provocadas por el advenimiento de la industria extractiva, Cabo Delgado ofrecía todas las condiciones para que los movimientos radicales prosperar.

Algunos sospechan que los organizadores de los ataques de Mozambique serían entrenados y financiados por grupos terroristas, como el Al Shabaab, que actúa principalmente en el sur de Somalia.

Otros ven un paralelo entre el nacimiento del Ansar Al Sunnah con el del grupo terrorista Boko Haram, en Nigeria. Sin embargo, la comunidad musulmana de Cabo Delgado, la más importante de Mozambique, rechaza vehemente el papel de los radicales islámicos.

Para ellos, el conflicto debe ser entendido como otra manifestación de la pelea histórica entre las regiones remotas del Norte y el Estado débil y capturado por los intereses del Sur.

Que acusan al gobierno mozambiqueño de intentar controlar la situación en la marra, exacerbando aún más la tensión en la región. La policía y las Fuerzas Armadas alientan a los locales a delatar a familiares y vecinos, disparan indiscriminadamente y detienen a periodistas sin cargos.

En un coqueteo con la barbarie, piensan reclutar mercenarios de Erik Prince, patrono de la extinta Blackwater, responsable de innumerables atrocidades durante la guerra en Irak.

La actitud del gobierno sólo refuerza la impresión de desesperación por parte de los dirigentes de Frelimo, aterrorizados con la perspectiva de perder una oportunidad única para el país. La decisión final sobre la inversión de Anadarko, que recientemente suspendió sus actividades debido a la violencia, debe ser anunciada el 18/6.

El escenario más probable es que la explotación de gas natural prosiga a pesar de la insurrección. El historiador Achille Mbembe explica que las potencias coloniales dividieron el territorio entre la "África útil", en la que prevalecen las riquezas económicas, y la "África inútil", en la que se abandonan las tierras y las poblaciones más pobres.

Es dentro de esa configuración que emergieron los principales polos extractivos del continente, como la provincia rica en petróleo de Cabinda, Angola, o la región de Arit, en Níger, principal proveedora de uranio para la industria nuclear francesa.

En el Cabo Delgado "útil", las empresas privadas continuarán prosperando y construyendo fortalezas integradas con la economía global. En cuanto a la parte "inútil" de la provincia, ella podrá muy bien continuar en manos de los insurgentes.

La cuestión es si la violencia debe seguir siendo tolerada como parte inherente del desarrollo, en África y en el resto del mundo.

Nacho Vega

Nacho Vega. Nací en Cuba pero resido en España desde muy pequeñito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interesé por el periodismo y la información digital, campos a los que me he dedicado íntegramente durante los últimos 7 años. Encargado de información política y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebook: https://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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