La perversa instrumentalización de las víctimas



La matanza de fieles inocentes en la pacífica Nueva Zelanda chocó el mundo. Nos quedamos sin palabras cada vez que la inhumanidad se revela violentamente mostrando a qué punto el hombre es capaz de llegar. Las víctimas, obviamente, merecen siempre nuestro dolor y profundo pesar. En estas tragedias, cuando vemos a los inocentes barbaramente muertos, no hay credo, color, ideología, edad, origen social o sexo; las víctimas de la barbarie no son jerarquizadas.

Desde el punto de vista de la víctima, para mí, como católico, la pérdida de la vida de un fiel asesinado en una mezquita de Nueva Zelanda es exactamente proporcional a la de un cristiano asesinado en una iglesia de Egipto o de un trabajador quemado vivo en el atentado a las Torres gemelos. Cada ser humano es único, irrepetible portador de una dignidad intransmisible e inalienable. Cada ser humano merece igual respeto y protección del Estado y de la Comunidad Internacional.

Cosa diferente es el análisis y clasificación de los perpetradores de las matanzas. Si queremos ser honestos, sabemos perfectamente que hay una diferencia abismal entre las masacres perpetradas repetidamente en nombre del Islam y los crímenes hediondos cometidos por individuos aislados o en pequeño grupo, en nombre de una marginalidad radical.



Lo que pasó en Nueva Zelanda no fue un acto terrorista. Lo que pasó en el pasado reciente en Dinamarca no fue un acto de terrorismo. Brenton Tarrant y Anders Breivik no son terroristas. Tarrant y Breivik son dos psicópatas y sociópatas, lo peor que la especie humana puede generar.

No actúan en nombre de redes transnacionales establecidas, no tienen complicidad y financiación de Estados o empresas, no tienen la complicidad o indulgencia de movimientos políticos o espirituales sedimentados en la sociedad, no dejan afortunadamente a un grupo organizado que los siga. Comparar Tarrant y Breivik al terrorismo islámico es un error grosero y catalizador de las peores consecuencias.

El terrorismo islámico existe, tiene un lastre de sangre sin precedentes, sigue siendo una amenaza para todos los pueblos de la Tierra. El terrorismo islámico hace víctimas permanentes, empezando por la enorme comunidad islámica que quisiera vivir en paz y paga muchísimo cara a la deriva radical de los mercenarios de su fe. El terrorismo islámico, más que cualquier idiota populista, es el primer y principal responsable de la islamofobia, que no podemos ignorar.

El ataque a las Torres Gemelas, las masacres de Madrid, París, El Cairo y tantas otras ciudades del mundo, así como los innumerables miles de víctimas, tienen el apoyo de redes organizadas y sofisticadas, el compartir una ideología común y clara , el patrocinio o indulgencia de Estados, empresas, magnates, clérigos, políticos y sectores establecidos en la sociedad. Afortunadamente, Tarrant y Breivik no tuvieron nada de esto.

Establecidas las irrefutables diferencias y su magnífica importancia, es obviamente urgente que los servicios de inteligencia de los diferentes Estados afinen y mejoren su acción en relación al seguimiento de los extremos radicalizados a la derecha ya la izquierda. Hay muchas células países pequeños, micro-sectas, grupos informales de pequeños agitadores, de tamaño variable, que participan desde la perturbación del orden público con la guerrilla urbana, como vimos en Portugal durante el gobierno de Passos Coelho, masacres alcance como el de Nueva Zelanda.

Curiosamente, la dimensión del grupo desciende en la proporción inversa de la violencia del ataque, hasta el punto de tener un grupo señalable dispuesto a la destrucción eminentemente material, en contraste con la soledad del psicópata / sociópata que mata a un grupo de indefensos a sangre fría.

En este momento, el psicópata es el héroe de alguna gente alrededor del mundo, inmersa en una realidad paralela, cerrada en sus cuartos sombríos y solitarios, entregada a una existencia enferma. Cualquier posibilidad de conexión entre cada uno de estos individuos, su eventual organización y movilización merecen atención, seguimiento y acción. Pero la diferencia para el terrorismo exige un enfoque muy diferente si queremos eficacia. Los crímenes diferentes requieren soluciones diferentes.

Quisiera escribir este texto porque me repugna de sobremanera el aprovechamiento político que los mismos de siempre están haciendo de todas y cada una de estas víctimas. Las tragedias no son comparables, ni esta tragedia puede servir para relativizar el lastre destructor del radicalismo islámico. La islamofobia no es una culpa a asumir por la sociedad occidental, es una responsabilidad directa de todos los radicales islámicos; debemos evitarla y combatirla, pero no fuimos nosotros quienes la creamos y patrocinamos.

Los micro-fenómenos políticos que alimentan las mentes perturbadas de estos asesinos no tienen afortunadamente la comparación posible con el ISIS, Al Qaeda y las ramificaciones conocidas. Por último, no, la culpa no es de la sociedad occidental, al menos de lo que todavía queda, de lo que aún escapa a la destrucción cultural y social de los militantes de lo políticamente correcto.

El autor escribe de acuerdo con la antigua ortografía.


Ana Gomez

Ana Gómez. Nací en Asturias pero llevo varios años afincada en Madrid. Me gusta de todo lo relacionado con los negocios, la empresa y los sucesos económicos, financieros y políticos. También me considero una Geek, amante de la tecnología los gadgets. Ana es la reportera encargada de cubrir los sucesos de interés general, tanto económicos como políticos y sociales. Editora experta y colaborara destacada en distintos noticieros online. Mi Perfil en Facebookhttps://www.facebook.com/ana.gomez.029 Email de contacto: ana.gomez@noticiasrtv.com

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