La definición de riesgos ambientales y climáticos aún está en disputa





Las crisis climática y medioambiental no se viven de una sola manera. Para cada persona la realidad es lo familiar, algo que se construye colectivamente a partir de creencias, conocimientos cotidianos, normas sociales y rutinas establecidas.





Esto significa que las acciones y estrategias para enfrentar los desafíos que plantea el cambio climático y ambiental no tienen una única definición social, pues las respuestas a estos desafíos también son diversas.

Lejos de ser cierto que la heterogeneidad de percepciones sobre los riesgos ambientales sea consecuencia de la falta de disponibilidad o capacidad de comprensión de la información, las ciencias sociales han demostrado que estas diferencias se deben principalmente a cuestiones vinculadas a desigualdades materiales y socioculturales.

La evidencia nos dice que la cantidad de información sobre los riesgos para la salud ambiental no está relacionada con la forma en que se abordan los problemas identificados. Desde la década de 1980, ha existido interés en comprender cómo se construye la percepción de riesgos en diferentes públicos (académicos, técnicos, formuladores de políticas, público en general) vinculados a los peligros ambientales generados por el desarrollo tecnológico e industrial y los patrones de consumo cultural.

Varios autores han demostrado que la percepción de riesgos ambientales y de salud se construye, en gran medida, a partir de definiciones de riesgo impuestas sociopolíticamente, es decir, a partir de quién tiene el poder de definir los problemas en el contexto de decisiones políticas y técnicas.

Los multiversos que conviven en torno a la definición de la crisis climática y ambiental se dan en diferentes ámbitos. Científicos y políticos perpetúan divergencias en la forma de definir el problema y proponer posibles soluciones. Como menciona la politóloga y activista ambiental argentina Flavia Broffoni, «quien define el concepto controla el debate».

Por ejemplo, en Uruguay, a mediados de 2023, el gobierno declaró una crisis hídrica definida por movimientos sociales, académicos y diversas manifestaciones autoconvocadas como consecuencia del “saqueo” del agua por parte de modelos de producción hegemónicos. Esta crisis hídrica salió a la luz por la falta de agua potable, especialmente para los pequeños productores del área metropolitana, como nunca antes había sucedido en el país. Sin embargo, este problema se viene reportando desde hace años.





Heterogeneidad de las definiciones de riesgo ambiental.

La realidad está cargada de significados basados ​​en conocimientos socialmente validados y se construye bajo estructuras de poder. La definición de riesgos ambientales y climáticos es un campo de disputa en el que el conocimiento técnico y popular se cruza con los intereses, las relaciones de poder y la legitimación del conocimiento por parte de las propias sociedades. Todo depende de cómo definimos el progreso, el desarrollo, la tecnología, el bienestar, la naturaleza y la participación, entre otras cuestiones.

Problematizar las crisis climática y ambiental implica definir socialmente los riesgos asociados a ellas en competencia con los riesgos vinculados al crecimiento económico y al progreso técnico-científico.

A medida que decidimos abordar las consecuencias de eventos climáticos cada vez más extremos, la falta de acceso a servicios ambientales de calidad para la vida (agua, aire) o la disponibilidad de espacio para cultivar alimentos son parte de los procesos de selección de riesgos definidos por la ciencia o la política. No se trata sólo de lo que sabemos, sino de lo que podemos hacer con lo que sabemos, individual y colectivamente.

Las respuestas a cuáles son los riesgos y problemas y cómo abordarlos son diversas y a menudo contradictorias. Hay debates sobre cuáles deben ser los criterios para evaluar los riesgos ambientales, según los grupos o referentes sociales que se analicen.

La imposición de narrativas sobre estas definiciones de riesgo y sus consecuencias tiene importantes impactos económicos, sociales y ambientales. Estas imposiciones se dan tanto al interior de los países, entre grupos socioeconómicamente hegemónicos, como entre países o regiones más desarrollados en relación con otros que también reciben el peso del modelo de desarrollo en sus consecuencias.

Las causas y consecuencias de las amenazas globales, como la proliferación de enfermedades y los fenómenos climáticos, están distribuidas de manera desigual en todo el planeta, al igual que los recursos para enfrentarlas.

Desigualdad y alternativas

Hay una deuda poco mencionada en los ámbitos técnicos y políticos que tiene que ver con las responsabilidades y causas vinculadas a las múltiples desigualdades generadas y profundizadas en este contexto de crisis climática.

A pesar de la gravedad de la situación socioambiental que atraviesa el planeta, muchos países aún no han ratificado el Acuerdo de Escazú (que establece como estándar internacional la amplia participación social, la justicia y el acceso a la información en materia ambiental) y son pocos los que considerar la deuda socioecológica.

Por el contrario, el clima de violencia contra activistas y movimientos ambientalistas se ha intensificado en la región en los últimos años, y las condiciones de las poblaciones socioeconómicamente más desfavorecidas continúan deteriorándose.

Algunos académicos han ido más allá del modo puramente científico de generar conocimiento para proponer y buscar transformaciones concretas que aborden múltiples desigualdades.

Quienes defienden el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur, por ejemplo, sostienen que la transición energética, social y digital debe diseñarse desde los territorios que apoyen el sacrificio material, cultural y ambiental para salvar el planeta.

En un contexto en el que las definiciones de crisis ambiental no son únicas, en el que el exceso de información no resuelve los problemas y en el que existen diferentes responsabilidades geopolíticas en relación a los riesgos planetarios, es necesario discutir los mecanismos que podrían revertir las desigualdades sociales que se reproducen y se adentran más en el planeta.

Esto presupone la aceptación de las múltiples realidades que conviven en torno al tema, tomando las narrativas académicas y políticas como construcciones llenas de significado, visibilizando las estructuras que perpetúan los mecanismos de desigualdad y dando espacio a soluciones alternativas con licencia social.


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Nacho Vega

Nacho Vega. Nací en Cuba pero resido en España desde muy pequeñito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interesé por el periodismo y la información digital, campos a los que me he dedicado íntegramente durante los últimos 7 años. Encargado de información política y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebookhttps://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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