Extremismos





Uno de los temas que m√°s ha sido discutido en los √ļltimos tiempos ha sido el supuesto aumento del extremismo en la pol√≠tica, con la ganancia de preponderancia de los partidos o l√≠deres que defienden propuestas m√°s alejadas de los centros pol√≠ticos tradicionales. En particular, ha habido un crecimiento en las democracias de extrema derecha y derecha populista (que tambi√©n es extrema). Al mismo tiempo, hay quienes identifican movimientos sim√©tricos de izquierda, como la extrema izquierda y la izquierda populista (por ejemplo, Podemos en Espa√Īa).





En Portugal, este fenómeno se materializó a través del surgimiento de Chega, pero también a través de algunos políticos o candidatos del PSD (ver Suzana García) y CDS (la tendencia Esperança em Movimento). Por otro lado, está la acusación de que el PS sucumbió al extremismo, habiendo aceptado al PCP y al Bloque de Izquierda como partidos de apoyo a su gobierno, durante el artilugio.

A escala internacional tenemos a Bolsonaro, Marine Le Pen, Erdogan u Orb√°n (y ten√≠amos a Trump) como ejemplos paradigm√°ticos de la fuerza de este extremismo. En el Parlamento Europeo, incluso hay un grupo pol√≠tico que agrupa a estos extremistas, el grupo ‚ÄúIdentidad y Democracia‚ÄĚ.

Para muchos analistas, este es un problema, un mal democrático que necesita ser eliminado. Pero echemos un vistazo más de cerca: la clasificación de alguien, o de cualquier partido, como extremista no puede verse, de inmediato, como un certificado de aberración o miseria moral. De hecho, el extremismo es siempre una medida de distancia del centro, no un calificativo para el mal. De hecho, si el centro es la barbarie, la virtud estará en un extremismo opuesto. Si la violencia está en el centro, el pacifismo está en el extremo opuesto.

A lo largo de la historia, existen innumerables ejemplos de extremistas que, hoy, serían clasificados como héroes morales. De Galileo a Gandhi, pasando por el padre António Vieira, Francisco de Assis, Hypátia u Olympe de Gouges, hay innumerables ejemplos de quienes tenían ideas extremas en su momento y que hoy se consideran las ideas correctas.

No creo, por tanto, que la discusi√≥n pol√≠tica deba llevarse a cabo en el manique√≠smo ¬ęextremos malos¬Ľ, ¬ęcentros buenos¬Ľ. Lo que hay que hacer es, cada uno, establecer sus est√°ndares morales y encontrar los representantes pol√≠ticos que m√°s se ajusten a esos est√°ndares.

Inevitablemente, tendremos personas con diferentes estándares morales. En democracia, se impondrá el estándar moral de la mayoría, lo que no significa que sea un buen estándar moral. Por tanto, el calificativo extremista no importa.





Al evaluar a un partido como Chega, la clasificaci√≥n de ‚Äúextremista‚ÄĚ es irrelevante. Lo que tenemos que hacer es evaluar sus propuestas concretas y la ideolog√≠a subyacente. Si Chega tuviera mayor√≠a absoluta, dejar√≠a de ser un partido extremista y se convertir√≠a en un partido de centro, un nuevo centro es seguro, pero un centro, porque habr√≠a habido una inflexi√≥n moral en el pueblo portugu√©s.

Quien est√© en contra de las propuestas antihumanistas de Chega, no importa si Chega es extremista o representa al centro, siempre estar√° en contra de esas propuestas. Es el contenido de las pol√≠ticas lo que debe discutirse, siendo irrelevante el adjetivo extremista (ya sea de izquierda o de derecha). Curiosamente, incluso hay quienes se quieren llamar radicales desde el centro …

Entendamos: en democracia hay cabida para todas las opiniones, estén más cerca o más lejos del centro circunstancial. Y la lucha ideológica hay que hacerla en el campo de las ideas, no en el campo de los adjetivos o epítetos.

Cualquiera que, por ejemplo, entienda que el capitalismo de hoy está perjudicando a la sociedad y al planeta, y defienda otro sistema económico, será catalogado como extremista. Resulta que incluso puede estar lleno de razón. En otras palabras, clasificar a alguien como extremista no dice nada sobre la persona clasificada, pero dice mucho sobre quién califica: quiere etiquetar y no quiere debatir los méritos de las ideas.

No me importa nada que me llame extremista en mi defensa del humanismo (que previene la pena de muerte, o cualquier tipo de castraci√≥n f√≠sica criminal) o en mi intransigencia hacia toda forma de dictadura y sometimiento (siempre poniendo en riesgo la democracia) en frente a dictaduras) o en la defensa de un Estado Social ‚Äúa los pa√≠ses n√≥rdicos‚ÄĚ que muchos hoy consideran extremismo socialista …

Una democracia solo es fuerte cuando sabemos debatir ideas sin insultar o tratar de menospreciar a los demás. Hagamos este proceso de maduración.

El autor escribe seg√ļn la ortograf√≠a antigua.

Ana Gomez

Ana G√≥mez. Naci√≥ en Asturias pero vive en Madrid desde hace ya varios a√Īos. Me gusta de todo lo relacionado con los negocios, la empresa y los especialmente los deportes, estando especializada en deporte femenino y polideportivo. Tambi√©n me considero una Geek, amante de la tecnolog√≠a los gadgets. Ana es la reportera encargada de cubrir competiciones deportivas de distinta naturaleza puesto que se trata de una editora con gran experiencia tanto en medios deportivos como en diarios generalistas online. Mi Perfil en Facebook:¬†https://www.facebook.com/ana.gomez.029   Email de contacto: ana.gomez@noticiasrtv.com

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