¬ŅEstar√° la nostalgia a punto de pasar a la historia? La respuesta puede estar en una caja de chocolates





La vida no es como una caja de chocolates, pero fue la compra por impulso de una caja de bombones del pasado que nos llevó a percibir que ese sabor sólo existía en nuestra memoria.





Es mejor contextualizar: yo sólo iba a comprar huevos.

Aquí hace unos tiempos, me di por mí en un corredor de supermercado mirando una promoción del 35 por ciento en una caja de chocolates. No era una caja de chocolates. Es decir, aquella era una caja cualquiera; pero, en mi absoluto particular, aquella marca y embalaje me transportaron de inmediato a un lugar que no había visitado mucho.

A principios de los a√Īos 80, en una √©poca particularmente triste, mis padres se vieron obligados a pasar temporadas repetidas en Londres. Volv√≠an cargados de chocolates. A veces, adem√°s de las barras de Mars y Bounty, tra√≠an un tesoro extra: la lata de bombones decorada con la dama y el soldadito. Se convirti√≥ en uno de mis recuerdos m√°s antiguos – por alguna raz√≥n, siempre asociada a la Navidad.

Y así: de frente a un precio un poco exorbitante para quien sólo iba al supermercado a comprar huevos tornados bastante menos exorbitantes por el descuento amarillo del 35 por ciento, di por mí a recordarme no sólo de la dama y del soldadito, sino también de los papeles de la vacilación en la elección, y de la felicidad cuando golpeaba aquella dosis perfecta de chocolate crujiente relleno de caramelo líquido y brillante, que dejaba las manos pegajosas pero todo lo demás resplandeciente. Y, por supuesto, compré la caja.





Uno de los formatos cl√°sicos de la caja de Quality Street

En el caso de los huevos – biol√≥gicos – tengo alguna dificultad en desentra√Īar de forma que me sea aceptable como acabo de gastar casi 70 euros en lo que deber√≠a haber sido un solo yo y ya vengo. Afortunadamente, aqu√≠ lo esencial es otro: la caja de chocolates. Para esa compra, la explicaci√≥n es obvia – y empez√≥ a ser construida varias d√©cadas antes de mis a√Īos 80. Pero eso s√≥lo percib√≠ a continuaci√≥n.

Una b√ļsqueda r√°pida en Internet nos lleva a varias fuentes que cuentan la misma historia y que es una reserva importante. Hay dos momentos revolucionarios en el desarrollo de esta caja de placeres. El primero, a finales del siglo XIX, con la creaci√≥n de diferentes tipos de bombones a partir de dos √ļnicos ingredientes baratos: el caramelo, en sus varias declinaciones, y el chocolate. El segundo, en los a√Īos 30 del siglo XX, con la decisi√≥n de mejorar la idea original en la misma l√≥gica de bajo coste: envolver cada bomb√≥n en un papel colorido, acondicionar todo en una lata bonita y as√≠ hacer accesible a las clases trabajadoras un bien hasta entonces considerado de lujo. En el caso de que se trate de una persona que no sea de su familia, despu√©s, el hijo mayor, Harold, que fue a√ļn m√°s lejos en lo que hoy se llamar√≠a "marketing", con varias ideas muy buenas – y una de genio.

Un anuncio al rey del caramelo, John Mackintosh

Harold percibi√≥ que en tiempos de crisis y dificultades -el caso de Gran Breta√Īa en la √©poca- las personas responden particularmente bien a aquello que envuelve toda esta historia de compulsi√≥n y deseo: la nostalgia. Y as√≠, en 1936, resolvi√≥ dar a la marca el nombre de una pieza de teatro del autor de Peter Pan, El Sr. Barrie, que unas d√©cadas antes y en un √©xito aplastante sub√≠a casi 500 veces al escenario en Londres, "Quality Street". En cuanto a la decoraci√≥n de la lata, la respuesta estaba en la propia pieza – crear dos personajes inspirados en los protagonistas. Es decir, la dama y el soldadito.

En 1988, la empresa fue adquirida por una multinacional. M√°s tarde, la marca cambi√≥ de imagen – y de calidad. Por lo menos fue lo que me pareci√≥ cuando, envasada por todo tipo de memorias y expectativas, llegu√© a casa y desempaquet√© el primer recuerdo. El chocolate no estall√≥, el az√ļcar me quem√≥ la garganta y la caja, de un p√ļrpura pantone, ya ni ostentaba Miss Sweetly y Major Quality, la dama y el soldadito. Una desilusi√≥n.

O quiz√°s el problema es otro. Y estar√° justamente en lo que me llev√≥, pasados ‚Äč‚Äčtodos estos a√Īos, a comprar estos chocolates – la nostalgia. Es decir, el problema ser√≠a m√≠o. De mi absoluto particular. Formado por mi memoria, obviamente deficiente, que no ser√° mucho peor que la memoria, obviamente deficiente, de su absoluto particular, querido lector. Una falta de competencias generalizadas para el registro exacto de las cosas como ellas se ve compensada por la tendencia a registrar las cosas exactamente como nos parecen, y que nos hace a todos particularmente vulnerables a este tipo de compras, sobre todo cuando involucra infancia, sobre todo en momentos dif√≠ciles, sobre todo cerca de la Navidad o de finales de a√Īo.

Muebles de la abuela, ropa en segunda mano, proyecciones de películas en VHS. El fenómeno fue tan explosivo que la nostalgia dejó de ser un medio para alcanzar un fin y se convirtió en un bien en sí misma. Comodificou arriba. Es decir, pasó a ser una mercancía.

A principios de este siglo, la nostalgia regres√≥ en grande. La explicaci√≥n estar√≠a de nuevo en una crisis – econ√≥mica – y tambi√©n en otros factores, incluyendo la aceleraci√≥n repentina de la vida cotidiana, potenciada por la tecnolog√≠a. Como si en un momento en que sent√≠amos no tener ning√ļn tipo de control sobre el presente pudi√©ramos encontrar comodidad en un pasado boleado, un lugar perfecto para nuestros hipocampos imperfectos.

Muebles de la abuela, ropa en segunda mano, proyecciones de pel√≠culas en VHS. El fen√≥meno fue tan explosivo que la nostalgia dej√≥ de ser un medio para alcanzar un fin y se convirti√≥ en un bien en s√≠ misma. Comodificou arriba. Es decir, pas√≥ a ser una mercanc√≠a. En ingl√©s, "commodity". Esta es probablemente la √ļnica justificaci√≥n posible para en 2009 si escribir en los peri√≥dicos con un nivel considerable de seriedad art√≠culos como, "Diez helados de la Hola que queremos de vuelta". Tenga en cuenta la iron√≠a: el co-autor de este art√≠culo, que es tambi√©n el autor de tres libros dedicados a la memoria de Lisboa y sirvi√≥ como consultor hist√≥rico para la escritura de una serie dedicada a la d√©cada de 1980, es la persona que le escribe este art√≠culo.

Uno de los momentos m√°s ic√≥nicos de este himno colectivo a la nostalgia es la escena de la serie "Mad Men" en la que el protagonista, el director creativo Don Draper, presenta a los clientes la campa√Īa para un nuevo proyector de diapositivas de forma circular. Al mismo tiempo que muestra instant√°neas felices de su historia personal, dice:

"En griego, 'nostalgia' significa literalmente 'el dolor de una herida antigua'. Un apret√≥n agudo en el coraz√≥n, mucho m√°s poderoso que la memoria por s√≠ solo. Este aparato no es una nave especial; es una m√°quina del tiempo. Anda hacia atr√°s, hacia adelante. Nos lleva a un lugar donde deseamos regresar. No se llama 'Rueda'; denominado 'Carrusel'. Nos permite viajar de la misma forma que un ni√Īo viaja: a las vueltas y vueltas, y de nuevo a casa, un lugar donde sabemos que somos amados.

El texto es perfecto: contenido, punzante, cristalino. Pero el contexto en que fue producido, tanto real como ficcional, le da a√ļn m√°s fuerza: "Mad Men" se pasa en los a√Īos 1960; Don Draper atraviesa una crisis matrimonial; el proyector Carrusel dej√≥ de ser producido por Kodak en 2004; y la escena forma parte de la primera temporada de la serie, emitida en 2007, en pleno re-boom de la nostalgia.

Sin embargo, pas√≥ m√°s de una d√©cada. La "crisis" ha dejado las alineaciones de los noticieros, los cr√©ditos personales y la vivienda est√°n aumentando, el futuro ha vuelto a ser una posibilidad a largo plazo. ¬ŅQu√© sentido hace entonces consolarnos con un capital de riesgo? ¬ŅMemorias contaminadas por la emoci√≥n a que alguien m√°s incisivo podr√≠a referirse apenas como "ilusiones"? En el l√≠mite, ¬Ņqu√© sentido hace abdicar de vivir el presente porque estamos siempre a suspirar por el pasado? Ninguno.

Hoy, ya en 2019, la nostalgia sigue siendo parte de las tendencias pop m√°s populares, pero basta entrar en lo que se podr√≠a llamar una "tienda de nostalgia" para percibir que lo que encontramos no es algod√≥n dulce, sino chocolate biol√≥gico; no son mesas de f√≥rmica, sino cl√°sicos del dise√Īo; no son colecciones de calendarios del Knight Rider de 1986, sino cuadernos artesanales.

Es posible que dentro de muchos a√Īos, en un d√≠a en que necesiten huevos y se encuentren en los smartphones con una promoci√≥n en una caja de chocolates rojiza, mis hijos hagan un viaje semejante a la m√≠a y acaben por tomar una decisi√≥n de consumo basada en la nostalgia. Para ser sincera, la idea no me desagrada. Es decir que estos tiempos, al menos para ellos, fueron buenos.

Más que consuelo, en épocas de abundancia (por aparente que pueda ser), queremos cosas sustantivas. Y si hemos aprendido algo con el pasado, intentaremos evitar los mismos errores. Tal vez el optimismo sea uno de ellos. La nostalgia mantuvo el valor de cara, pero porque se alió a otras tendencias, que reflejan otra época, otros valores, otras preocupaciones: la historia Рque puede ayudarnos a entender el presente y planificar el futuro; la calidad Рcontra el consumo desenfrenado y en favor de la sostenibilidad; la singularidad Рporque el consumo se ha masificado. Tal vez el término correcto no sea "nostalgia", sino "memoria". Porque nostalgia es otra cosa.

Al llegar de la escuela y encontrarse con aquella lata morada anodina y globalizada sobre la mesa de la cocina, mis hijos de cinco y siete a√Īos preguntaron lo que era. Cuando vieron las decenas de envolturas brillantes y coloridas se excitaba como me quedaron hace m√°s de 30 a√Īos. Descubrieron la gu√≠a de sabores, dudaron en la elecci√≥n, probaron uno, despu√©s dos, despu√©s tres. Pedid m√°s. Durante algunos d√≠as, aquella lata fue pretexto para negociaciones a nivel de la m√°s alta diplomacia, explosiones de placer y algunas cartillas de desagrado. En un momento dado, la lata desapareci√≥. La hab√≠an escondido, con miedo de que la madre acabara con el tesoro antes de ellos; curiosamente, en el mismo caj√≥n donde la madre esconde (o escond√≠a) las cosas que no quiere que ellos vean.

Es posible que en muchos a√Īos, en un d√≠a en que necesiten huevos y se encuentren en los smartphones con una promoci√≥n en una caja de chocolates arroxeada, mis hijos hagan un viaje semejante a la m√≠a y acaben por tomar una decisi√≥n de consumo basada en la nostalgia. Para ser sincera, la idea no me desagrada. Es decir que estos tiempos, al menos para ellos, fueron buenos.

Nacho Vega

Nacho Vega. Nac√≠ en Cuba pero resido en Espa√Īa desde muy peque√Īito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interes√© por el periodismo y la informaci√≥n digital, campos a los que me he dedicado √≠ntegramente durante los √ļltimos 7 a√Īos. Encargado de informaci√≥n pol√≠tica y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebook:¬†https://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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