¿En qué momento el dolor de una muerte pasa?



El lunes que viene 12 años se habrán pasado. Doce años desde que me despedí por última vez de la Mala. Yo tenía 18, 19. Después de meses y meses en que pasamos mañana, tardes, noches y finales de semanas en aquel hospital tan lleno de angustia y tan carente de sentido, mi amiga se fue, una noche de domingo, día oficial de las despedidas difícil.

En algún momento alguien me dijo "una hora eso va a dejar de doler". No sé si eso era verdad. Pero, de hecho, puedo decir, doce años después, que hay más nostalgia que dolor. Sí, algo cambió. Pero todavía me pregunto la vida, preguntándome por qué esa decisión estaba dispuesta a llevar a mi amiga a otro lado, si ella se quedaba tan bien por aquí, con su sonrisa ancha y sus cabellos largos.

Creo que una de las cosas más difíciles que la muerte traía fue el tal "y si?". Y si ella todavía estuviera aquí, ¿qué diría? Y si ella también hubiera cumplido 30 años, ¿cómo estaría? ¿Y si ella hubiera tenido tiempo de terminar la universidad, qué estaría haciendo? ¿Y si se hubiera casado, con quién sería? Y si ella me pudiera aconsejar, ¿qué diría? Y si, y si, y si. Cansado.



Hace unos meses pasé una tarde con los padres de la Mala. Tantos años después, mucha cosa cambió. Vino los nietos, vinieron desafíos, vinieron motivos para seguir adelante, vinieron días de sol y noches lluviosas. Casi todo ha cambiado. Pero sus ojos … Sus ojos, mirando a los míos, me parecían exactamente los mismos ojos de aquel domingo de 2007.

Me recuerdo tan bien, aquel día, al irse del hospital-porque ya no había razón para quedarse – sentarme en el asiento trasero de los coches de mis padres y, al mirar por la ventana, sentir un vacío como nunca había sentido . Un verdadero rombo en el pecho, que ya anunciaba que nunca iba a cicatrizar completamente. Yo no tenía ni idea de qué hacer a continuación, ya que nada – la universidad, amigos, fiestas, futuro – parecía tener sentido.

Me acuerdo, en los meses que siguieron, de todo lo que me cortó como navaja y de todo lo que aprendí de lidiar con la muerte. Aprendí a nunca decir "sea fuerte" para alguien que perdió a alguien que ama inmensamente. A nunca decir "siga adelante" para quien vio buena parte de la vida perder el sentido. Aprendí simplemente a abrazarlos. les da la bienvenida. A no decir mucho, no tratar de proponer soluciones para lo que no se soluciona de ninguna manera. A no argumentar sobre supuestos descansos merecidos, ni sobre razones para agradecer. Aprendí a entender: es un dolor. Y punto. Los dolores no mejoran con nada de eso.

No sé si el tiempo es un remedio. Pero el tiempo ciertamente es un hermoso anestésico. La sensación es que el dolor todavía existe, pero ya no nos agarra de la misma forma. Tal vez eso suceda porque ya no somos los mismos de 2007, ni de 1998, ni de 2016, ni de 1989. A veces somos más fuertes, a veces no. Pero ciertamente somos otros, con otros argumentos para vivir, con otras páginas para girar.

Llego a la conclusión de que el dolor, efectivamente, nunca pasa. Pero ella disminuye de tamaño y se acomoda. En el pecho, entre la memoria y la nostalgia, se alza cómodamente y pasa a formar parte de nosotros, como un órgano, un tatuaje, una mancha de nacimiento. Y tal vez ese dolor hasta merezca ser acogido, en vez de persistir en intentar expulsarla de dentro. Entre el recuerdo y la nostalgia, hay que encontrar el afecto. Y envuelta en afecto, nuestro dolor hasta consigue no doler tanto.


Nacho Vega

Nacho Vega. Nací en Cuba pero resido en España desde muy pequeñito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interesé por el periodismo y la información digital, campos a los que me he dedicado íntegramente durante los últimos 7 años. Encargado de información política y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebookhttps://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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