En las manos de la inteligencia, salvo que sea



Más un chasco que nos entró por casa en 2018. No, no me refiero a topos, sexismo, populismo o acoso – esos temas tuvieron su propia atención – pero sí a la inteligencia artificial. Está en todas partes, sea en el más reciente brea del próximo unicornio o en aquel segmento del diario de la noche sobre tecnología.

Sea a combatir el fraude, a descubrir el mirar con mayor probabilidad de partido para una fecha (yo sé, hasta parece más tecnológico cuando usamos la lengua de otro) o sólo para "cambiar el mundo", la inteligencia artificial está omnipresente en nuestras vidas. Ni en los estadios de fútbol -que frecuentemente regularmente – lugares que, a veces, tienen tanto de primitivo y de indisciplinado, nos liberamos del más reciente y desarrollado aparato. Sí, éste es chino y es "movido la inteligencia artificial". Nos dice la marca que es el primer teléfono móvil "verdaderamente inteligente".

Parece entonces que nos estamos dejando gobernar por esta inteligencia capaz de generar a sus propios seguidores. Ya hemos visto esto suceder, hay y durante muchos siglos, en diferentes moldes. Nos dicen ahora que debemos confiar en estas nuevas tecnologías, que ellas sabrán lo que es mejor para nosotros, que ellas tomar las mejores decisiones por nosotros; al final, son inteligentes.



Uno de los ejemplos que fui acompañando durante el año 2018 se refiere al célebre, pero infame, artículo 13. En esta propuesta de modificación a la directiva de derechos de autor, emergen frases memorables de tan vagas que son. Se nos dice que, aparentemente, los gigantes de Internet (o "prestadores de servicios de la sociedad de la información que almacenan y facultan al público acceso a grandes cantidades de obras", si lo prefieren) deben adoptar medidas de filtrado automático de contenido. También se dice que estas medidas, tales como el uso de tecnologías efectivas de reconocimiento de contenidos, deben ser adecuadas y proporcionadas.

No sé si he de ser más confuso con la falta de definición de lo que es una gran cantidad de obras, o cómo calificar determinadas medidas como "adecuadas y proporcionadas". Pero volvamos al tema: la (santa) inteligencia de estas máquinas que vamos construyendo.

Pensemos en las redes sociales, hoy uno de los principales medios de consumo de contenido por gran parte de la población. No es nuevo que toda la experiencia de consumo en una red social sea ya algorítmica, o sea, no nos aparece el contenido más reciente, sino el que cada plataforma (Facebook, Twitter, etc) decide que es el más indicado para mostrarnos.

Hasta aquí, todo bien, digo yo. Habiendo una determinada oferta de contenido, orgánico (amigos) o pagado (marcas), las redes escogen quién y qué es lo que veo más. Del lado de los amigos, aquellos con quienes más me doy (veo, converso, hablo); del lado de las marcas, las que pagan más para que las vea (anuncios).

Pero para mí lo que está en juego son aquellas seis palabras: "tecnologías efectivas de reconocimiento de contenidos". ¿Serán estos gigantes capaces de desarrollar tecnología que reconozca violaciones de derechos de autor en canciones, vídeos, fotos, mensajes, etc, y bloquearlas preventivamente?

¿Estará la inteligencia tan avanzada? Percibo que se quiera impedir que sujeto A utilice una canción de sujeto B, identificándola como suya. Pero si estoy haciendo un Facebook Live, en directo a mis 50 mil seguidores, a pasar un mensaje político (no importa cuál) y uno de mis opositores me quiere callar? ¿Podrá llegar al lugar donde me encuentro y tocar en su coche la música del sujeto A? ¿Esta tecnología de reconocimiento de contenido "condenarme" por violar los derechos de autor? ¿Acabo de perder mi derecho a la palabra?

Tomamos, a veces, el avance tecnológico tan garantizado como perfecto. Se avanzó, lo hizo frente. Las mejores televisiones, mejores teléfonos móviles, mejores ordenadores, todo mejor.

Pero nos olvidamos siempre que el fracaso es un camino para el éxito. Antes de que muchas tecnologías sean perfeccionadas, muchos errores se han hecho y la inteligencia artificial, por más ingenio que le asocian, no escapa a la regla.

Termino con algunos ejemplos, unos más recientes que otros, en que sistemas inteligentes lograron alcanzar sus objetivos de formas poco ortodoxas, de todo alineadas con su propósito, mostrando que una máquina va a desarrollar su propia mecánica y no aquella que esperamos de ella. Si así fuera, era un conjunto de operaciones (abre puerta, cierra puerta) y no un sistema inteligente.

  • OpenAI es un entorno de desarrollo de algoritmos de aprendizaje automático. Uno de sus casos se llama FetchPush, donde en una mesa se genera una posición aleatoria. El objetivo es que un brazo mecánico empuje, por ser inteligente, un bloque hasta esa misma posición. En 2018, un programador descubrió que su modelo aprendía a mover la mesa (y no al bloque) para llegar a la posición deseada, sin que nada indicara que podía hacerlo.
  • Utilizando hardware programable de LEGO (Mindstorms Robots), a otro algoritmo de aprendizaje automático se le dio tres instrucciones: girar a la izquierda, girar a la derecha y caminar hacia delante). El algoritmo era recompensado cuando se mantenía en el recorrido presentado, siendo su objetivo ganar el máximo de puntos. El algoritmo acabó por aprender a invertir la marcha en una recta, algo que fue haciendo repetidamente, ignorando por completo el recorrido le fue dado.

En ambos ejemplos, la inteligencia artificial alcanzó sus objetivos, pero no de la forma que sus creadores anticipaban (o incluso deseaban). ¿Queremos entonces dar este poder a temas tan queridos como libertad de expresión? ¿Queremos que estas inteligencias decidan lo que puede o no puede ser colocado en una red social?

Se quedan estas palabras para una futura inteligencia, salvo sea.

Juan Román tiene 30 años y es el fundador de GetSocial.io, una empresa de desarrollo de software. Ha desarrollado productos y explotado ideas alrededor de los temas del impacto de las redes sociales en la sociedad, futuro del trabajo e inteligencia artificial.

El Observador se asocia a los Global Shapers Lisbon, comunidad del Foro Económico Mundial a semanal discutir un tema relevante de la política nacional vistos a través de los ojos de uno de los jóvenes líderes de la sociedad portuguesa. A lo largo de los próximos meses, compartirán con los lectores la visión para el futuro del país, sobre la base de las respectivas áreas de especialidad. El artículo representa, por lo tanto, la opinión personal del autor enmarcada en los valores de la Comunidad de los Global Shapers, aunque de forma no vinculante.


Nacho Vega

Nacho Vega. Nací en Cuba pero resido en España desde muy pequeñito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interesé por el periodismo y la información digital, campos a los que me he dedicado íntegramente durante los últimos 7 años. Encargado de información política y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebookhttps://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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