En Brasil, militares venezolanos desertores recuerdan rutina de hambre y abusos





En un destacamento de la Guardia Nacional Bolivariana en Caracas, cada 15 d√≠as, 200 de los 630 militares iban a sus casas a descansar. En una de las ocasiones, a principios de 2017, 20 de ellos no regresaron despu√©s de una semana, seg√ļn lo previsto.





Con el tiempo, el n√ļmero fue subiendo. Hubo un d√≠a en que 37 dejaron el puesto. En menos de un a√Īo, al menos cien hab√≠an salido.

Quien cuenta es el ex sargento Tulio Henrique L√≥pez, que era responsable de registrar las "deserciones" de su destacamento en el sistema de las Fuerzas Armadas de Venezuela. A principios de 2018, Tulio se uni√≥ a esos n√ļmeros: abandon√≥, √©l mismo, el trabajo.

Fugiu para Brasil, temiendo ser descubierto y sinti√©ndose "un delincuente" al atravesar la frontera. "Estaba con tanto miedo", recuerda, a las l√°grimas, al venezolano de 21 a√Īos, que hoy vive en la periferia de S√£o Paulo. "No aguanta m√°s. Lloraba todas las noches. Dej√© atr√°s todo lo que amaba y vine con s√≥lo una mochila en la espalda.

la hoja convers√≥ con Tulio y otros tres ex militares venezolanos que se refugiaron en Brasil entre 2018 y 2019. Ellos no sirvieron juntos. Seg√ļn sus testimonios, mientras una elite de las Fuerzas Armadas disfruta de regal√≠as y sirve como base de apoyo para la dictadura de Nicol√°s Maduro, militares de bajo rango pasan hambre y viven una rutina de presi√≥n psicol√≥gica, extorsiones y manipulaci√≥n pol√≠tica.

En los relatos, dijeron que la alimentación era tan débil que algunos días las rondas de ejercicios se suspendían para ahorrar energía; que recibían órdenes de reprimir con violencia incluso protestas pacíficas; que estaban obligados a hacer servicios en las casas de lujo de sus jefes; y que, en las elecciones, eran colocados en autobuses, vestidos con ropas civiles, y obligados a votar en los candidatos del régimen. Dos de ellos fueron castigados por negarse a entrar en el vehículo.

Todos afirmaron que las solicitudes oficiales de baja son sistemáticamente negadas y que las deserciones han sido numerosas. "Cuatro colegas pidieron baja, y el comandante mandó arrestarlos dentro. Si salieran, serían considerados 'traidores de la patria', cuenta Tulio.





Seg√ļn √©l, los que m√°s renuncian son los que trabajan en la calle, en las protestas contra el gobierno. "Es la peor parte. Usted necesita oprimir a su propio pueblo ", dice. La orden recibida, afirma, es de ya llegar "dando porrada" y arrojando gases lacrim√≥genos en la poblaci√≥n. El que no obedece es castigado. "Ellos dicen: 'Usted no necesita respetar a nadie porque ellos no tienen respeto por nosotros'. Es como si fuera una guerra.

"Dice que si te jugaban agua, tuve que responder con tiros", confirma M. R., 29, otro ex sargento de la Guardia Nacional que huyó a Brasil.

"Siempre tenían tres o cuatro superiores para vigilarnos. Yo hablaba que no lo haría porque soy un ser humano, tengo familia. Ahí me dejaban preso dentro del mando por una, dos semanas.

Con miedo de represalias, √©l y los otros dos entrevistados aceptaron hablar con la condici√≥n de que sus nombres no fueran citados. M., que pas√≥ siete a√Īos en las Fuerzas Armadas y lleg√≥ a Brasil en 2019, vio la situaci√≥n empeorando a√Īo a a√Īo.

"Cuando salí de la escuela de formación, la alimentación era buena. Con el tiempo, todo cambió. Perdimos los beneficios, y el salario no daba más ni para los pasajes para ir a casa. "Tenía que volver de paseo", cuenta.

De acuerdo con √©l, a principios del a√Īo pasado hab√≠a 340 en su destacamento. Cuando sali√≥ clandestinamente, junto a otros seis compa√Īeros, eran 149.

Como castigo por √©l haberse rebelado, relata, miembros de los "colectivos" -milicia pro-gobierno- fueron hasta su casa, armados, amenazar a su familia. Su hijo de 11 a√Īos hoy vive escondido.

Brasil identific√≥ a 105 militares venezolanos que cruzaron la frontera, seg√ļn el Ministerio de Defensa. En Colombia, fueron al menos 1.400.

El canciller del r√©gimen Maduro, Jorge Arreaza, afirm√≥ en febrero que el gobierno colombiano y de EEUU infla las cifras de desertores -chamados por ellos de traidores-, y que los n√ļmeros no pasan de unas decenas. Tambi√©n atribuye las rebeliones a un intento de golpe de pol√≠ticos opositores en conjunto con Estados Unidos.

Los países vecinos contrarios a Maduro, incluido Brasil, admite que las deserciones no alcanzan los altos niveles.

Para Tamara Taraciuk, investigadora de la organizaci√≥n internacional Human Rights Watch (HRW), que acompa√Īa a militares venezolanos refugiados en Colombia y Brasil, "desde el punto de vista humanitario, enfrentan los mismos problemas que el resto de los venezolanos". "Adem√°s, no quieren ser c√≥mplices de un sistema en el que necesitan reprimir a la poblaci√≥n.

Uno de los informes de HRW trae testimonios de maltrato contra militares presos, acusados ‚Äč‚Äčde rebeli√≥n y traici√≥n. La pena m√°xima en estos casos es de 25 a√Īos. "El miedo que tienen que sufrir represalias es leg√≠timo", dice la investigadora.

Sardina batida en la licuadora con un poco de arroz o una min√ļscula arepa (masa tradicional a base de ma√≠z).

Esta era la comida servida casi todos los d√≠as en la escuela de formaci√≥n de sargentos frecuentada por L. W., un ex soldado franzino de 20 a√Īos que lleg√≥ a S√£o Paulo en mayo, tras d√≠as durmiendo en la calle en Boa Vista (Roraima).

El desayuno, que debería ser a las 6, a veces se retrasó a las 10h. "Ya que nos mandaban a casa por diez días, porque no tenían comida", cuenta.

De los cien compa√Īeros de su clase, sobraron cerca de 20, afirma, que se qued√≥ seis meses en la escuela de formaci√≥n y un a√Īo prestando servicio. Se ha adelgazado 6 kg. "Aguant√©, a pesar del hambre, porque quer√≠a ser alguien en la vida. Era una profesi√≥n hermosa. Pero llegando all√≠ vi que no era lo que yo pensaba.

Una de sus decepciones fue tener que prestar servicios personales a los comandantes. √Čl y los otros soldados ten√≠an que lavar ba√Īos en la casa de campo lujoso del coronel.

"La mayor√≠a de los superiores abusa mucho de los subalternos", cuenta S. J., una ex militar de 24 a√Īos que actuaba en la frontera con Brasil y vive en S√£o Paulo hace un a√Īo con su marido y su hijo.

"Nos mandan a hacer 'trabajo social', pero en realidad tenemos que cortar el césped o limpiar la cancha deportiva del lugar donde viven.

También se queja de la partidarización del Ejército y de los castigos para los que no apoyan el régimen.

"Ellos te golpean con una madera con mucha agresividad. Un compa√Īero m√≠o que habl√≥ mal del gobierno se qued√≥ una semana sin comer y bajo mucho gas lacrim√≥geno. Ten√≠a una parada cardiorrespiratoria. Le dijeron a la madre que muri√≥ durante un entrenamiento.

Miembro de una familia con tradición en las Fuerzas Armadas, S. dice que los jefes éticos están abandonando el puesto y siendo reemplazados por personas sin experiencia militar, pero próximas al régimen.

Por haber actuado como secretaria del comandante, dice que presenció a sus superiores extorsionando a la población ya los subordinados -por ejemplo, exigiendo que trajeran alimentos de sus casas a cambio de holguras para ver a la familia.

"Sentía como si mi corazón estuviera pudriendo. "No quise eso para mi vida", dice la venezolana.

Un día, atravesó la frontera junto con algunos colegas y no volvió más. El marido, que sólo migró después de algunos meses, tuvo que inventar que se habían separado. "Si usted pide permiso y no vuelve, van en su casa a buscar", dice ella.

El ex sargento Tulio también trabajaba en la parte administrativa, con un capitán. La diferencia de trato entre alto y bajo escalón comenzaba por la alimentación, cuenta.

"Yo estaba bien tratado y comía con el comandante, que tenía derecho a jamón, queso, huevos, jugo, café con leche." Para los demás, sobraba la misma comida a base de sardina batida servida en la escuela de sargentos de L. " Me sentía mal porque veía a mis colegas pasando hambre.

√Čl era uno de los pocos a ganar cesta b√°sica. Los otros paquetes de comida, que deb√≠an ser distribuidos gratuitamente para los militares, eran vendidos o llevados a amigos por los jefes, relata.

Sin embargo, debido a la hiperinflación, su salario no daba para alimentar a su hija.

Hoy, es feliz en São Paulo, donde consiguió empleo en una tienda, y trajo a la mujer, a la hija, a la madre, a la hermana y algunos primos. "No me siento traidor de la patria. Me siento valiente ", afirma.

√Čl siente pena de los ex compa√Īeros que no pudieron salir y contin√ļan en la misma situaci√≥n que √©l viv√≠a hace un a√Īo y medio. "Es triste. Muchas personas juzgan a los militares. Pero no saben el infierno que est√° dentro.

Nacho Vega

Nacho Vega. Nac√≠ en Cuba pero resido en Espa√Īa desde muy peque√Īito. Tras cursar estudios de Historia en la Universidad Complutense de Madrid, muy pronto me interes√© por el periodismo y la informaci√≥n digital, campos a los que me he dedicado √≠ntegramente durante los √ļltimos 7 a√Īos. Encargado de informaci√≥n pol√≠tica y de sociedad. Colaborador habitual en cobertura de noticias internacionales y de sucesos de actualidad. Soy un apasionado incansable de la naturaleza y la cultura. Perfil en Facebook:¬†https://www.facebook.com/nacho.vega.nacho Email de contacto: nacho.vega@noticiasrtv.com

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