2021, odisea en Europa





Más que cualquier otro año, 2021 surgió lleno de esperanza. Al final de la pandemia, en particular, probablemente a través de la vacunación generalizada de la población, y, por supuesto, en la ansiada recuperación económica.





La noción de que ambos objetivos tendrán una solución común que supondrá un incremento del gasto público, en salud y más allá, se ha ido consolidando, obligando a reflexionar, una vez más, sobre el destino que se le dará a los fondos europeos movilizados para combatir los efectos de la pandemia. Además de las habituales discusiones sobre las consecuencias sobre el déficit y la deuda, parece estar apareciendo subrepticiamente un intento de conjeturar un pseudo federalismo europeo. en lugar de resolverlos.

El pasado mes de noviembre, en el portal VoxEu.org, los economistas Roel Beetsma, Lorenzo Codogno y Paul van den Noord escribieron un artículo titulado “La próxima generación de la UE: Europa necesita inversiones paneuropeas”, en el que argumentaban que las profundas reformas que la UE basados ​​en fondos europeos destinados a tal fin, requieren proyectos de inversión paneuropeos que puedan generar externalidades positivas para diferentes países.

En este pastel, los autores enumeran grandes infraestructuras como proyectos de alta velocidad, redes eléctricas para energías renovables, infraestructura para hidrógeno, inversiones digitales, pero también capital humano y movilidad.

Proyectos de inversión consensuados y transversales a diferentes países europeos que pretenden generar derrames y fomentar su crecimiento conjunto es algo que naturalmente resuena con los ideales que sustentaron el proyecto europeo y específicamente el euro. Dejando a un lado, la mezcla de paternalismo y desconfianza que los autores del artículo colocan en los líderes europeos, el reverso de la moneda, sin embargo, es que, en paralelo, los proyectos comunes corren grave riesgo de sustituir los problemas que se identificaron en el prepararse para la convergencia hacia una política monetaria común y una moneda única.

Existe una fuerte asimetría entre las economías europeas que, en múltiples aspectos, el proceso de integración ha tenido el papel de acentuar, mientras que los mecanismos de corrección no parecen existir, o, al menos, no han funcionado eficazmente. Atar las decisiones nacionales a decisiones supranacionales, en el ámbito de la inversión pública y, por tanto, presupuestaria y fiscal, puede significar, en el contexto actual, renunciar al último instrumento de ajuste y convergencia disponible, limitando aún más la flexibilidad que debe existir para responder a asimetrías existentes y el posible empeoramiento que puede causar Covid-19.

El balance de los primeros diez meses de encierro ya muestra signos de comportamiento diferente entre las economías europeas. Mientras que el paro medio en la eurozona el pasado mes de octubre fue del 8,4%, Alemania tiene niveles por debajo del 5%, lo que va acompañado de una minoría de países. En 2020, la caída estimada del PIB alemán es del 4%, frente a las estimaciones del 8,1% o 9% respectivamente para Portugal y España.





La fuerte caída de la demanda, en toda la eurozona, también tuvo una expresión nacional diferente, debido a las opciones de política fiscal y fiscal, en parte orientadas a dar respuesta a los problemas de salud generados por la crisis pandémica, en la que Alemania destacó más una vez. El resultado fue un crecimiento aún mayor del ahorro, cuanto mayor era la situación de la economía. Los datos de Eurostat indican que entre los países de la eurozona, Irlanda, España y Portugal fueron, por ese orden, los países donde más aumentó la política de ahorro.

Tras los primeros resultados de la crisis, es un hecho que la clave de la recuperación es el uso de políticas fiscales y fiscales masivas, ligadas a la intervención de la política monetaria no convencional del BCE. El contexto de deflación, del que Alemania no escapa, da un nuevo impulso a este entendimiento.

El contexto de la pandemia añadió al debate la necesidad de una coordinación internacional, no solo a nivel europeo. La coordinación permite sortear el lado global de las economías y sociedades, que ha acelerado la transformación de una epidemia en una pandemia, al tiempo que evita el surgimiento de nuevas guerras entre países, como la entre Estados Unidos y China, y que están latentes en contextos inflamados.

Sin embargo, la coordinación no se puede confundir con la elección asimétrica. Decidir proyectos transversales, que atraigan a diferentes actores, puede que no desemboque en guerras, conocer la historia europea reciente y conocer a quienes estarán del lado de la decisión, pero correrá el riesgo de ampliar la brecha entre un centro, que decide proyectos de manera integrada. lo que requerirá poco esfuerzo para ser común, y las periferias, que tendrán que ir más allá del esfuerzo, una vez más, para demostrar que tiene sentido construir un proyecto europeo.

Esperemos que Europa pueda renovar sus votos para 2021, que la pandemia llegue a su fin, que la economía tenga un nuevo principio y que las instituciones de la UE y del euro y las organizaciones internacionales que conocemos y en las que depositamos nuestra confianza colectiva puedan estar a la altura de nuestras expectativas. Y la presidencia portuguesa de la UE, que recién comienza, puede ser decisiva en este proceso.

Ana Gomez

Ana Gómez. Nació en Asturias pero vive en Madrid desde hace ya varios años. Me gusta de todo lo relacionado con los negocios, la empresa y los especialmente los deportes, estando especializada en deporte femenino y polideportivo. También me considero una Geek, amante de la tecnología los gadgets. Ana es la reportera encargada de cubrir competiciones deportivas de distinta naturaleza puesto que se trata de una editora con gran experiencia tanto en medios deportivos como en diarios generalistas online. Mi Perfil en Facebook: https://www.facebook.com/ana.gomez.029   Email de contacto: ana.gomez@noticiasrtv.com

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